jueves, 3 de marzo de 2011

medianoche del alma...


Una cree que el privilegio de dormir a pierna suelta le es dado por gracia divina y que se es libre para administrarlo a placer, ya sean noches en vela mientras se espera desesperadamente, ya sean mañanas llenas de arena de la resaca. Vaya cosas... pero no es así. Al menos no lo es para mí (crédula de mí, inocentona entre los que más).
Una vez te conviertes en madre (proceso que aunque lo parezca no es instantáneo) ya nunca más vuelves a disfrutar de ello. Al principio, como pasa con todos los principios, es difícil y una se revela e inventa maneras para conseguirlo, pero a base de arrastrar las legañas todo el día se acaba admitiendo la verdad y, para consuelo popular, hasta le acabas encontrando su lado positivo. Ese lado se llama "medianoche del alma", al menos así lo bautizamos ayer (la Luna, Taiyo Durmiente y yo).

Se trata pues de un momento, a medianoche... porque siempre es medianoche cuando te despiertas inquieta para atender a tu hijo, siempre es medianoche cuando lo observas dormir, escuchando su respiración como si de un mantra apaciguador se tratara... medianoche.
El mundo duerme a tu alrededor, sus acompasados ronquidos son el hilo con que se teje la oscuridad que envuelve cada rincón de las estancias, como si de una telaraña del tiempo se tratara donde todo aquello o aquél que quede atrapada en él se sumiera en un estado de letargia...
medianoche... medianoche más allá de los muros de cemento de la ciudad, más allá de los cables eléctricos, las antenas, las azoteas. Sobre los bosques, entre las arenas del desierto... La luz de la noche baña a los ciegos en este momento en que todos somos iguales a su condición, más allá la medianoche.
Y su sonido. Un sonido que presiona los tímpanos como si el aire se tornada denso. Acaso no es la ausencia de la luz sino la condición de oscuridad una entidad en si misma que lo ocupa todo, como si nos sumergiéramos en un océano lleno de vibrante vida habitada más allá del rabillo del ojo.
medianoche... desplegado el firmamento te das cuenta, inevitablemente, de lo solo que es el lugar donde orbita nuestro mundo y lo inmenso del espacio más allá. El tejado parece un paraguas insignificante ante esta lluvia de estrellas y de locuras del ego, engullido por el olvido de un lejano sol.

A eso le llamo yo medianoche del alma.
El alma se queda muda ante tantas cosas mostradas, ante tantas verdades...

Esta medianoche llovía.
Esa lluvia nos distrae del pensamiento de pequeñez creando una pantalla entre nosotros y el vacío... la respiración acompasada de mi hijo, el rítmico tamborileo de la lluvia, el fru-frú de las sábanas de nuestra cama cuando te mueves.

Quién dijo que la medianoche del alma no es bella...

2 comentarios:

Estepa Grisa dijo...

Creo que la mama llama así a un remedio de Flores de Bach...
Ah, no exactamente, lo he buscado. Es "la noche oscura del alma", por el poema del místico San Juan de la Cruz.
La oscura noche del alma (me) va de las 2 a las 4.45. Dicen que las 4.48 es el momento de los suicidas. Luego vienen las 5, que ya son tan sólo el desespero.

Ender dijo...

ya veo...
creo que una noche de invierno da para que todos los hermanos de Sueño tengan su momento especial ;)